miércoles, 11 de marzo de 2009

La Quéjola, Poblado Íbero. S. V.

1) Vista de la excavación 2) Quemaperfumes.

En el interior peninsular y ya dentro de un contexto cultural plenamente ibérico, encontramos el poblado de La Quéjola (San Pedro, Albacete). Éste se encuentra situado sobre un pequeño espolón del Cerro del Peñón que alza, aproximadamente, 20 m. sobre su entorno de vega. De pequeño tamaño, planta rectangular y casi una hectárea de extensión, se puede incluir en el grupo de "pequeños oppida". Fue construido de una sola vez, aprovechando al máximo las posibilidades del medio natural, con unas características constructivas y urbanísticas que, nuevamente, ponen de manifiesto la existencia de unos planos concretos y, con ello, de un poder político fuertemente asentado.

Las excavaciones realizadas en la década de los años 90 documentaron 16 habitaciones adosadas, casi en su totalidad, a la muralla. Funcionalmente tres de las casas correspondían a almacén para ánforas, dos más de uso industrial, una junto a la puerta de acceso al poblado y, por ello, interpretada como "cuerpo de guardia" y, por último, un espacio singular que por los elementos constructivos empleados y por los materiales aparecidos dentro del mismo habría que interpretar como un espacio sagrado. Levantado éste último con adobes, excepción ésta única en todo el poblado, configuraba dos espacios adosados internamente compartimentados. Uno de ellos, el más pequeño, debió ser la morada de la jefatura política del asentamiento; el segundo, de mayor tamaño y paredes internas pintadas en rojo el propiamente religioso.


Reconstrucción del poblado de La Quéjola. (Según Blánquez y Olmos, 1993).
A este segundo espacio no se accedería desde la calle, tal y como ocurría con el resto de las casas, dos columnas que sustentaban sendos pseudocapiteles enmarcaban -prestigiando- una potencial puerta cegada desde el mismo momento de su construcción; circunstancia ésta conocida en las sociedades mediterráneas como "puerta ciega". Ello obligaría a entrar por el techo, pero más que una incomodidad habría que verlo como una manera más de resaltar el valor sacro del espacio interno, así como de su contenido material: cerámicas griegas; cerámicas ibéricas de funcionalidad ritual, caso de sítulas o de vasijas decoradas con pintura blanca, etc.; dos telares de pared; armas; ánforas vinarias. Pero, y ello es lo más importante, legitimado por la presencia de un quemaperfumes figurado con una imagen divina bronce, realizado con la técnica de la cera perdida, que entronca con las producciones orientalizantes del Sur y Suroeste peninsular. Representa una diosa oriental, del tipo Astarte o Afrodita, y legitimaría con su presencia estos elementos de prestigio aristocrático entre los que el vino era de los más significativos. Espacios sagrados en donde el vino, parece ser, jugó un importante protagonismo, tal y como también se ha podido constatar en otros asentamientos poblacionales.

Las plantas de ambas construcciones, y sólo ellas, presentaban un volunta­rio adelantamiento de sus muros perime­tra­les definiendo, así, un espacio in antis diferente a todo el resto del poblado. Es importante la observación de estos rasgos de prestigio, cuando no sacrales, en un poblado con una función económica claramente especializada: el almacenamiento, si no la elaboración, del vino. En efecto, una parte significativa de las habitaciones excavadas correspondían a verdaderos almacenes de ánforas para el vino en cantidades, al igual que en Benimaquia, excederían el potencial autoconsumo y apuntan su redis­tri­bución a poblados de mayor importancia jerárquica. La práctica totalidad de las ánforas corresponden a una elaboración local, en función de los análisis efectuados a sus arcillas. Tipológicamente hablando suponen una continuación de antiguas formas fenicio-púnicas, pero con detalles formales que indican una personalidad propia.

El poblado vinatero de La Quéjola pone de manifiesto, pues, el especial valor del vino por parte de la sociedad ibérica del s. V a.C. que, excediendo de su mero consumo, llegaba a suponer un modo de expresión de su estatus aristocrático-caballeresco. Limitado su consumo a esta minoría y ritualizada su bebida se incorporaban, junto con otros elementos, en el lenguaje de las elites mediterráneas. Y lo que es más importante, corrobora ideas y valores puestas de manifiesto con anterioridad en las necrópolis ibéricas.

6 comentarios:

  1. ¡Vaya! Qué cultura. Muy interesante descubrir esta España pre-cristiana.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. ¡Qué interesante! Sería genial poder verlo directamente...

    ResponderEliminar
  3. Aída... Eso de verlo directamente es un poco difícil, el yacimiento está dentro de una finca privada y vigilada, cuando estudiaba y tenía la asignatura de Íberos, me acerqué varias veces a la finca, por caminos públicos, pero el yacimiento creo que se accede por uno privado, sé que hay gente que ha estado, pero entre el peligro de los jabalíes y el típico guarda con escopeta...uff.

    ResponderEliminar
  4. Dios!! Merendabamos a escasos metros de un yacimiento del sigllo v antes de Cristo! Qué curioso y qué delirante a la vez! Y si les pides permiso no te dejarian entrar? Tu prueba,... Mi padre era amigo del anterior pastor y yo viví allí unos días y sin saverlo. Valgáme! Qué cosas!

    ResponderEliminar
  5. Anónimo13.3.09

    Soy Ana Garijo, hoy ponen EL SARGENTO DE HIERRO, a las 11 de la noche por la 1TVE. Por si acaso no lo sabes, es peli de Clint.

    ResponderEliminar
  6. María, me imaginaba algo así... Es una lástima, habría que poner medios para que este tipo de cosas pudiesen estar al alcance de la gente que como tú lo sabe apreciar...

    ResponderEliminar